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volver del consumismo

Por Elisa Araujo
Publicado en la revista “Lazos”, diciembre de 2005
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“De acuerdo, pero no acá, no cerca de donde yo vivo.”
Esta es la postura de la mayoría de la gente cuando se le plantea un problema ambiental. Como sería el caso de qué hacer con la basura, si el CEAMSE ya no da más y en algún lado hay que ponerla. Como sería el caso de una industria, una antena, un transformador o una torre de alta tensión.

Ninguno de nosotros quiere una antena cerca, pero seguimos comprando teléfonos celulares y hablando por ellos a toda hora como si cada mensaje fuera lo más importante e impostergable. No apagamos los celulares ni siquiera cuando vamos a una conferencia o una función de teatro, sin importarnos si molestamos a los demás y desconcentramos a los actores. No nos damos cuenta de que es una falta de respeto hacia los demás.
Desconfiamos, y con razón, de la contaminación que puede traer una industria, pero no nos privamos de arrojar desperdicios en el baldío de la esquina, sin tener en cuenta que pueden ser contaminantes o, cuando menos, que afean el vecindario. No nos preocupa prender fuego a restos de basura, sin importar que quemando plásticos emitimos dioxinas, sustancias altamente cancerígenas. O cuando insistimos en quemar hojas, perjudicando a enfermos de asma o rinitis que deben encerrarse en sus casas para no aspirar el irritante humo.

¿Qué quiero decir con esto? Que debemos asumir cambios, no sólo exigir que lo feo o lo malo se haga en otro lado, porque en ese otro lado también vive gente, que se verá perjudicada y tiene tanto derecho a un ambiente sano como nosotros.
¿Y cuáles serían los cambios? Bajar el consumo de cosas superfluas. Re-ver cuáles son realmente necesarias y sólo consumir esas.
Es un largo camino, el de vuelta del consumismo. Hacerlo cuanto antes significará un alivio en la carga de contaminación que los humanos hacemos en este planeta. Revalorizar la vida espiritual, la reunión con los afectos, la charla y el mate, olvidándonos poco a poco de qué auto nuevo se compró el vecino, de qué aparato nuevo nos quieren vender, y recordando lo que es hacer uno mismo el pan, un dulce, un pulóver; comer verdura de nuestra propia huerta, aunque sea en una maceta en el balcón.


El mejor regalo para un ser querido es algo que hicimos con nuestras propias manos; los “ingredientes” del cariño y del tiempo son los más importantes. Allí se ve realmente cuánto nos importa esa persona, tanto que dedicamos nuestro valioso tiempo a pensar y elaborar su regalo.
¡Felices Fiestas!