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ruido y ambiente

Por Elisa Araujo
Publicado en la revista “Lazos”
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Hay gente que sufre; lo vemos en las cartas de lectores en los diarios. Cada uno sufre solo, a veces en desesperación, haciendo un infructuoso llamado a las autoridades competentes: Policía, Control Urbano, etc.
El que vive cerca de un boliche, una casa de fiestas o incluso de una plaza pasó a ser parte de esa legión de sufrientes.

¿Por qué sufren?
Porque están indefensos ante el ruido. A nadie le preocupa que no se cumplan ordenanzas, que los vecinos no puedan dormir, que los internados en un hospital no puedan descansar.

¿Cómo es posible que se proteste y se festeje con bombos y redoblantes, con altísimos decibeles; que las murgas invadan los espacios públicos a cualquier hora con sus tambores, que desde aviones nos griten publicidad? Ni hablar del ruido del tránsito.

Según médicos y fonoaudiólogos, el oído es un órgano delicado que una vez dañado no se puede recuperar. Sin embargo, parece que esto no nos importa. Nadie se inmuta cuando en fiestas o recitales las ondas sonoras son tan fuertes como para sacudir vidrios y órganos internos.
Dicen también los científicos que el ruido es adictivo, y vemos pasar autos con música estridente que se escucha a una cuadra de distancia. ¿Podrán escuchar una bocina o un grito de peligro esos conductores?
El Colegio de Fonoaudiólogos de La Plata realizó estudios en jóvenes, con tristes resultados. Hay un alarmante índice de pérdida auditiva. La costumbre de escuchar música fuerte es difícil de cambiar: los que se hicieron los estudios dijeron no estar dispuestos a abandonar sus hábitos a pesar del daño comprobado.

Ahora bien, si el ruido es adictivo, ¿cómo es que estamos tan alegremente iniciando a los niños en este vicio desde los jardines de infantes con su equipo de sonido para las fiestitas que taladra los tímpanos? Las casitas de fiestas infantiles no se quedan atrás: no tienen nada que envidiarle a los conciertos de rock pesado en cuanto a volumen de sonido se refiere. Incluso agregan luces intermitentes para completar el clima de boliche.
En cuanto a las escuelas, todas sin excepción tienen un diseño que hace de caja de resonancia sonora, y todas las maestras sufren de disfonía tratando de enseñar en un ambiente tan adverso.
Fin de año agrega ruido con cohetes, bombas y petardos de todo tipo que desesperan a las mascotas, que pasan las noches como en el limbo.


La ciudad: nuestro hábitat urbano

Es nuestro hábitat diario que estamos contaminando nosotros mismos con costumbres insensatas y perjudiciales. Hagamos también en esto los cambios necesarios. Decidamos no usar fuegos de artificio: podemos festejar igualmente sin ellos y sin poner en riesgo manos y ojos de niños y adultos. Resistamos la tentación de hacer lo de siempre.
Respetemos horarios de descanso y bajemos los decibeles para no molestar al vecino. Cambiemos a pesar de que otros no lo hacen. Si cada uno espera que el otro cambie, no cambiará ninguno. Seamos los adelantados del cambio. Este cambio, como tantos otros, es decisión personal de cada uno. Sabemos lo que hay que hacer. Sólo hace falta hacerlo.