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en defensa del suelo

Por Elisa Araujo
Publicado en la revista “Lazos”, septiembre de 2004
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Cuando hablamos de recursos naturales pensamos en el agua, petróleo, gas, minerales, bosques. Pocas veces recordamos el suelo.
No se trata de un recurso renovable, porque el tiempo que requiere para renovarse es demasiado grande a escala humana: cientos o miles de años.


Las capas

El suelo está compuesto por diferentes capas llamadas horizontes, y éstas tienen distintas cualidades y espesores según la zona geográfica donde se encuentran.
La capa más superficial es la más valiosa para la vida. Es la tierra negra compuesta por sustancias orgánicas en descomposición. Trabajan allí innumerables organismos, degradando y transformando esos restos. A algunos los podemos ver a simple vista: los bichos bolita, lombrices, gusanos, etc., y otros son microscópicos, como los hongos y bacterias.
Todos ellos cumplen un rol en ese “trabajo comunitario” de creación de tierra fértil, de aireación y descompactación necesarias para que las plantas crezcan bien. Las hojas que caen, los pastos, animales o insectos que mueren, el tronco o rama que se pudre, todo es “procesado” por estos minúsculos seres vivos que están adaptados a ese trabajo en ese lugar.

Tenemos la suerte de vivir en una zona donde la capa fértil es de las mejores del mundo. ¿Y qué hacemos con esa herencia que nos tocó en suerte? La cocinamos para hacer ladrillos, la contaminamos con agroquímicos, la destruimos con el sobrepastoreo, la cubrimos con asfalto, la regamos con nafta y gasoil de pérdidas de estaciones de servicio, y con químicos y desechos de fábricas.
La degradamos con las malas prácticas agropecuarias, sin rotación de cultivos, forzando más cosechas, cultivando soja para alimento animal en el extranjero en reemplazo de cosechas para alimentar a nuestro pueblo. La soja transgénica degrada el suelo y requiere un herbicida tan poderoso que mata absolutamente todo, menos la semilla creada para resistirlo.


La degradación

En Tierra del Fuego, donde, debido a las condiciones climáticas adversas, llevó muchos más siglos la creación de una capa muy finita de tierra fértil, hemos aceptado compañías que invierten en el país para talar antiguos bosques transformándolos en chips (astillas de madera) para uso industrial.
¿Qué queda después de eso? Los suelos, despojados de la protección del follaje y del anclaje de las raíces, se lavan con las lluvias y se vuelan con el viento. La pérdida de la capa fértil se llama desertificación.

En zonas selváticas los suelos son muy frágiles, y cuando se talan y queman selvas para hacer lugar para la ganadería, los suelos también se destruyen y en pocos años son inútiles para el sustento del ganado.


Todo suma. Es tiempo de cambiar. Podemos asumir actitudes y hábitos más ecológicos.
Por ejemplo: tener una compostera en casa. Usar menos papel. No construir con ladrillos artesanales. Comer menos carne y más verduras orgánicas. Reemplazar la exigencia de asfalto por un buen mejorado con abovedado y mantenimiento, permitiendo la absorción del agua de lluvia y mitigando así el riesgo de inundación. No rastrillar el pasto cortado ni las hojas; dejar que se degraden alimentando el suelo.